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Una inesperada declaración de amor  (II)

Una inesperada declaración de amor (II)

Extracto de la escena que protagonizan Yasmina y Joan y  que forma parte del capítulo 129 del libro, “El Laberinto de la Verdad”.

Joan trató de mantener el control de la situación en aquel momento tan delicado y lo hizo por medio de tomar la iniciativa.

                         –  Te propongo que vayamos a la población donde está el puerto y compremos un melón, una libra y media de higos secos, un saco de forraje seco para alimentar a los caballos y dos mantas con objeto de acomodarnos como Dios manda en este rincón de la cala que está muy bien protegido de cualquier inclemencia del tiempo y goza de la cualidad de canalizar, de forma notable, la energía que circula del Cielo a la Tierra y de la Tierra al Cielo. Tengo el convencimiento de que nos espera una larga conversación antes de acostarnos. También tengo el convencimiento de que la acción de comerme vivo deberás dejarla para otro día.

Yasmina estuvo de acuerdo con la propuesta de pasar la noche en aquel lugar aunque hubo algo dentro de ella que le dijo que la acción de comer vivo al autor de la propuesta tendría lugar aquella misma noche quizás a la hora en que el cielo estaría presidido por la luna en el inicio de la fase menguante lo cual prometía desencadenar un escenario nocturno que estimularía los sentidos del cuerpo. Después de hacer aquella reflexión, en la más completa intimidad, se sintió exultante mientras se recogía el pelo con el pañuelo al igual como hacía siempre antes de montar el caballo magnífico de color blanco.

El hombre, la mujer y los cuatro animales fueron a la población donde había un mercado. En aquel lugar adquirieron un zurrón de piel de oveja en el que metieron una libra y media de higos secos, dos libras y media de nueces y un melón que fue elegido por una mujer que les mereció confianza. En otro lugar del mercado compraron una buena cantidad de sardinitas fritas y secas que permitirían al mastín hacer las paces con su estómago después de un día en que había andado cuatro leguas y apenas había comido nada. El hombre que vendía las sardinitas las metió en una gran papelina y Joan se maravilló del progreso del Reino de Granada que permitía que la comida de un perro fuera metida en un envase de papel. Por último adquirieron un saco grande lleno de forraje seco y un saco pequeño lleno de algarrobas, destinados al sustento de los caballos, dos mantas de lana grandes de buena calidad y una cuerda que permitió atarlo todo sobre la silla del caballo de Pierre.

Cuando regresaron a la caleta que estaba muy bien abrigada de las posibles inclemencias del tiempo, Joan se encargó de liberar a los caballos de las sillas, atarlos a la estaca y disponer junto a ellos el forraje seco y las algarrobas que les permitirían alimentarse. También se ocupó de colocar en un hueco de la roca las sardinitas secas que constituirían la cena del mastín. Mientras tanto Yasmina colocó las dos mantas dobladas en el suelo al lado de las sillas de montar encaradas y preparó el escenario de la cena que consistiría en el melón, los higos secos y las nueces que también darían lugar al desayuno del día siguiente.

Joan entregó un higo seco al mastín que lo devoró en un instante en medio de las sardinitas secas que se había resignado a comer porque no tenía ninguna otra opción. El caballero templario se arrodilló frente al animal enorme, abrazó su cabeza y le dijo que aquel higo seco era el único que le había tocado de la cena sobria que compartirían los humanos. Yasmina se percató de que la mirada húmeda del mastín daba la impresión de que el animal comprendía a su manera las cosas que le decía su amo. Mientras tanto éste animó al perro a perderse por el entorno de la caleta y tratar de cazar una culebra o una rata de monte que podría aparecer en algún lugar. El mastín saludó la propuesta con un concierto de ladridos mientras iniciaba la acción de explorar el entorno del lugar lo cual le supuso dejar el resto de las sardinitas secas para más tarde.

Cuando el animal fiel hubo desaparecido Joan ocupó su lugar sobre la manta doblada, apoyó su espalda en la silla de montar, miró a los ojos a la mujer que estaba sentada frente a él y tomó la palabra en un tono de voz que indicaba que elegía las palabras con sumo cuidado.

                           –  A mí me sucede justo lo contrario de lo que me has explicado con gran claridad. Me sucede que no me pasa por la cabeza la posibilidad de comerte viva pero debo confesarte que mi corazón está abierto, de par en par, al igual como le sucederá al melón dentro de un rato. Este hecho no me había sucedido nunca desde que fui armado caballero templario porque siempre observé una disciplina estricta que tuvo el objeto de cortar de raíz los sentimientos de este tipo cuando detectaba un indicio de ellos. En esta ocasión las circunstancias han hecho imposible ejercer la disciplina y mi corazón se ha abierto, de par en par, por causa de tu persona.

                          Continuará…

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